En 1947, Raymond Queneau publica Ejercicios de Estilo (Exercices de Style), una recopilación de 99 textos que relatan de distintas formas la misma anécdota: un hombre de aspecto extravagante, un incidente menor en un bus, una vista al pasar en la vía pública, un botón ausente. A través de estos ejercicios (los de Queneau), distintas visiones de la realidad se proyectan en una pared imaginaria, un rayo de luz a través de un poliedro prismático, un catálogo antojadizo de miradas y comunicaciones.

En este ejercicio visual (el que se presenta en esta muestra), se recogen variaciones de un autorretrato, despojado de la representación fidedigna de la realidad atribuida a la fotografía, entregándose a las posibilidades expansivas que nos permite el grabado en metal: una fotografía devenida en aguafuerte. De este modo, se construyen variantes del mismo retrato, que transmiten una realidad desde varios ángulos, sugiriendo distintos relatos de un mismo sujeto, como tarjetas de presentación para distintos interlocutores, generando así una realidad subjetiva y variable: la identidad del retratado, el mismo autor de la obra.

José Charpentier Herrera

EJERCICIOS CONSIGO MISMO

El ejercicio del autorretrato, más allá de la evidente mímesis del uno mismo es una búsqueda ontológica con algo de vanidad. Bien podría definirse como un ejercicio de permanencia, una forma exótica de constatar la existencia. La imagen autorretratada manifiesta una atemporalidad que, aún en el descampado de la hipervisualidad de nuestros días, nos sobrevivirá. Sin embargo y paradigmáticamente es la representación de un tiempo especifico ya que lo retratado obedece a un contexto y es modelado por las influencias ambientales que operan sobre él, tal ves la atemporalidad es el tiempo sin lugar.

El ejercicio del grabado artístico es atemporal gracias a la virtud de lo múltiple. En esa reproductibilidad resiste, incluso en su originalidad. Los 22 retratos de José Charpentier Son la aparente reproducción de sí mismo pero cada uno de ellos tiene límites diferentes. Aparecen significantes cuyo su origen solo podemos intuir, existen en una suerte de encriptación en cada autorretrato y el código, solo lo conoce el autor. El juego de espejos que articula con Raymond Queneau nos da algunas pistas de cómo descifrarlos y para ello la clave estaría no solo en el texto sino también en las formas de creación de ambos artistas. En el texto de Queneau el lenguaje escrito alcanza, desde lo formal, una plasticidad donde es posible corroborar esa antigua idea de que en lo normado está la libertad. Ambos artistas manifiestan un conocimiento pleno de sus disciplinas y es por ello que pueden correr determinados límites.

La propuesta de José nos lleva a reconocer nuestro propio campo normado, a entender nuestra existencia como múltiples narrativas, es una invitación a experimentar dichos ejercicios de estilo y reconocernos en nuestra multiplicidad, necesitamos ser muchas personas al mismo tiempo. Tal ves Rimbaud tenia razón; “yo es otro”.

Roberto Acosta

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