Manifiesto

En algún momento de nuestras vidas, cambiamos de casa. Porque tomamos independencia de nuestros padres o porque encontramos trabajo en otra ciudad. Porque nos apetece un cambio de escenario o porque no tenemos otra elección que irnos.

Somos nómadas. Móviles. Transeúntes. Somos cuerpos y cambios.

Iniciando el viaje, llega la pregunta ¿Cómo quiero vivir? Intrínsecamente, está pregunta, individual, egocentrada, contiene la del vínculo social. ¿Qué relación tendré con mi nueva vecina? ¿Simpatizaremos con el nuevo vecino? ¿Les invitaremos en casa? ¿Les preguntaré de sus vidas? ¿Tendré interés por su forma de vivir independientemente que sean inmensas nuestras diferencias culturales? ¿Tendré miedo?

Mi familia llegó al final del siglo 19 a la Araucanía. De lo que entiendo de esta historia compleja, ni compraron las tierras de primera mano ni usaron la fuerza o la violencia directa para instalarse. Sin embargo, estoy casi segura que no consideraron ni trataron sus vecines mapuche como pares. Después de confrontar el archivo familiar y los relatos escuchados desde niña con lecturas e investigación, tuve que aceptar que mi familia participó en el sistema socio-político responsable del maltrato
y de las injusticias hacia el pueblo mapuche. Siendo terratenientes en la Araucanía, fueron parte del conflicto chileno-mapuche. Fueron colonos.

Me intereso por el tema desde hace treinta años. Treinta años de preguntas. Unas tienen respuesta, otras nunca tendrán. Quizás son las que más me impulsan a crear obras y escribir poesía. Ahora, mudándome a Chile, nació la pregunta de las mujeres de esta historia, mis antepasadas. Si los hombres partieron el viaje desde el País Vasco, ¿Qué de las mujeres, esas esposas y hermanas? ¿Qué vieron? ¿Qué pensaron? ¿Qué dijeron? ¿Invitaron en sus casas las madres y esposas mapuche?

Sin duda llegaron desde Francia con su «trousseau«, sábanas plegadas dentro de baúles, tasas, platos y copas cruzando el océano. Ajuares íntimos llegando en territorio desconocido.

Un siglo después, yo también viajé desde Europa con pilas de sábanas antiguas en mi maleta. Una performance sin registro, para mí, un acto psico-mágico que me
permite conectar con estas mujeres y de alguna forma, cargando kilos y kilos, aliviarme del peso que siento. Ahora esas sábanas son los muros de una casa precaria, imaginada como puerta abierta entre su pasado y nuestro presente. La construí como símbolo de reparación. No soy responsable pero sí, pido perdón. Con esta casa, me reparo, sanando mi linaje paterno.

Con mi invitación a que todas y todos entren en la casa de estas mujeres, espero igualmente sanar simbólicamente y espiritualmente algo de la herida colectiva todavía muy abierta de este conflicto.

Espero ofrecer un espacio donde entender que si no somos responsables de los actos de nuestros antepasados, sí, es urgente que las y los que heredamos este pasado
de colonizadores, reconozcamos que no lo hicieron bien.

Un trabajo necesario también para evaluar nuestro presente. Efectivamente, siendo un portal entre pasado y presente, esta casa abre un espacio donde no solo invito a
mirar y reconsiderar el pasado sino también a poner consciencia y interrogar nuestro presente.

¿Cómo mi vida impacta mi entorno? ¿Porqué no molesta la migración de gente europea pero sí, la migración de gente de otros orígenes? ¿Cómo mis compras tienen un impacto fúnebre sobre la naturaleza y perpetúan condiciones de trabajo indignas y invisibilizadas? ¿Cómo uso el agua? ¿Qué relación tengo con el animal? ¿Seré yo el
animal domado por el consumo y la sociedad del espectáculo?

Preguntas propias que toman raíces en el colectivo, esta sociedad que coconstruimos cada día. Somos responsables de nuestro presente. Sola no tengo respuesta. Pero sí, la certeza de nuestra capacidad humana por establecer un diálogo renovado y encontrar una respuesta común. Pacífica.

Este diálogo, que tendrá que ser alimentado por una disciplina individual y colectiva de pensar, sentir y actuar desde el Amor infinito hacia el otro y la otra con sus diferencias, fundado en la simple realidad que cada ser humano es el extranjero de algún otro, se entabla con la primera pregunta que invita al cambio y a ponernos
en camino,

¿Cómo queremos vivir?

Carine Valette

Comparte

No esta autorizada la copia ni difusión de las imágenes incluidas en este sitio web, sin previa autorización.