Lo que vemos es el producto de una invitación a desarrollar un trabajo de residencia en el Taller de Grabado de Casaplan en el año 2022. Como antecedente general, esta invitación se extendía a artistas cuya práctica base no fuera el grabado o disciplinas afines. Si tuviera que definir una práctica base en mi trabajo, diría que es la fotografía, aunque tampoco lo tengo del todo claro. Por lo que entiendo, la fotografía guarda una estrecha relación con el grabado. Sin embargo, este escrito no pretende teorizar sobre eso, sino más bien situarme en algunos aspectos fundamentales de lo que está aquí presente en la sala, que podrían resumirse en dos enunciados:
- El entremedio es, y lo que está al frente también.
- La paradoja de cómo generar un largo camino para producir una sola imagen.
Vamos con el primero
Siempre he tenido una relación distante con el grabado como medio, sobre todo porque su proceso involucra infinitas posibilidades de arruinarlo todo, además de la escasa capacidad para anticipar un resultado concreto. De ahí mi afinidad con los medios digitales. Inconscientemente, creo que lo realizado en Casaplan fue una terapia contra la ansiedad de la imagen, contra la ansiedad del resultado. A esto se suma mi nula experiencia con la «cocinería» del grabado. También reconozco mi dificultad para seguir instrucciones, especialmente aquellas que simplifican las cosas. Por ello, el manejo de la ansiedad fue un tema en sí mismo. Roberto, guía, docente y, hasta cierto punto, terapeuta, siempre me hizo ver que no había apuro. Tal vez por eso, dos años después, estamos viendo esto.
Una vez comprendida y estabilizada la ansiedad, no me pareció tan malo demorarme mucho en el proceso, el cual básicamente consistía en repetir lo siguiente: tomar una imagen interesante, llevarla a negativo en lámina transparente, transferirla a la plancha emulsionada en el cuarto oscuro, revelarla, luego entintar, pasarla por la prensa para obtener «algo». La monotonía de esto, el comportarme mecánicamente, más la expectativa y el tedio frente a lo que pudiera salir por la prensa, definió que hacer una copia por matriz era suficiente. Finalmente, cada vez que giraba la rueda de la prensa, elucubraba estúpidamente que cada plancha impresa sobre el papel u otra superficie recibía la transferencia simultánea de esa hermosa epifanía llamada aura (Benjamin), sí y solo sí fuera una sola copia. He ahí la paradoja.
Dicho esto, pasemos al segundo enunciado
«El entremedio es, y lo que está al frente también» alude al presupuesto artístico de la necesidad de un tema (lo intenté). En un principio, tuve un delirio poético: quería quemar espejos y representar una especie de momentum o instante decisivo en que estos, por efecto del fuego, entraran en colapso y dejaran de producir reflejo. Eso no prosperó (generalmente, el plan A siempre es muy pretencioso).
El plan B no consistió en desechar todo lo anterior, sino más bien en administrar las partes: aquellas imágenes previas a las definitivas, a propósito del relato del fuego. Estas consistían en algunos negativos sobre láminas transparentes y placas metálicas emulsionadas, más algún espejo sobreviviente. A estos objetos los llamo «entremedios», objetos que me parecen más interesantes en su tránsito que en su versión final.
A modo de autoedición, y tratando de lidiar con la derrota del plan A (sumada a una dosis de horror vacui), llevé a offset cosas que estaban en Casaplan o en su entorno: desechos del mismo taller de grabado, como el papel que se utiliza para secar las copias definitivas, un cartón proletario ya jubilado, el fragmento de una fachada a la vuelta del taller. Básicamente, es lo que está al frente, frente a mi nariz. Casi siempre, entre la cuneta y el muro, y sobre todo en esta ciudad, estas cosas suelen tener algún problema en la superficie.
Carlos Silva
Agradecimientos:
Roberto Acosta
Nicholas Jackson