Este es un diálogo. No con el mundo,

sino conmigo misma…

Un camino que trazo sobre la piel de la tierra, donde

cada paso es un acto de sanación y revelación.

En cada imagen, en cada instante, mis vivencias

se convierten en una geografía personal. Son mis

secretos, los que no sabía que tenía, que emergen

en el silencio de un abrazo al árbol.

Siento la historia de su corteza, sus grietas que son

el mapa de sus años. 

Es la aspereza de la existencia.

La flor, por otro lado, es un grito de delicadeza y

caducidad. Su perfume, la dulce y efímera belleza de

quien se sabe mortal. Y el mar, con sus algas

enredadas, me habla de la furia, del caos que es

parte de todo orden.

Cada trazo que hago es un gesto, un movimiento

que captura el ritmo de la naturaleza. No hay un

plan, solo una intuición que me guía. El eje central

de mi obra no lo busco, lo encuentro. Se revela en

el proceso, en la conversación con la materia.

Todo se une: la velocidad del gesto, la fuerza de la

línea, la pausa del silencio.

Es un fluir constante, una danza donde las formas

orgánicas de mis trazos se entrelazan con las

texturas del mundo.

Al final, no se trata de crear una forma, sino

de revelar el orden que ya existe, es que está

escondido más allá de lo visible.

 

Ana María Cabello.

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