La artista colombiana Luna Acosta presenta en CasaPlan su proyecto Residencia de Luna Acosta, una reflexión profunda sobre el concepto de «hogar» en contextos de precariedad. Desarrollado en colaboración con el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio (MINCAP), este trabajo se inserta dentro de la programación del Festival de las Artes de Valparaíso, y pone en primer plano las tensiones que atraviesan los espacios de vida en las geografías latinoamericanas.
A través de una intervención que mezcla instalación, performance y uso de materiales de corta durabilidad, Acosta aborda la fragilidad inherente a la idea de hogar. Los objetos que componen la obra están hechos de materiales vulnerables, que dependen de las condiciones climáticas y de conservación para su permanencia. Esta característica subraya no solo la temporalidad de las construcciones en muchas partes de América Latina, sino también la fragilidad de los vínculos sociales y económicos que sostienen esas viviendas.
La precariedad latinoamericana en la habitabilidad es uno de los ejes centrales de esta exposición. Acosta pone en evidencia cómo la vivienda, lejos de ser una estabilidad, es un espacio de constantes reajustes y vulnerabilidad. Los materiales con los que trabaja —a menudo perecederos, reciclados o de uso temporal— invitan al espectador a reflexionar sobre las tensiones entre lo material y lo inmaterial, entre lo funcional y lo simbólico. De esta manera, la idea de casa en Residencia de Luna Acosta se convierte en un espacio que no solo acoge, sino que también desafía las nociones de pertenencia, seguridad y permanencia.
A través de su trabajo, Acosta señala cómo la precariedad material está vinculada a las condiciones históricas, sociales y económicas de los territorios. La obra no solo dialoga con el contexto chileno de Valparaíso, sino que también se conecta con las realidades de otros espacios urbanos y rurales de América Latina, donde las casas son construcciones provisorias, dinámicas y, muchas veces, temporales.
La exposición invita al espectador a revisar las nociones de territorio y comunidad que emergen desde los márgenes, entendiendo que lo «doméstico» es a menudo una construcción frágil y a la vez poderosa, en constante negociación con las condiciones externas. Acosta, desde su mirada particular, también plantea la importancia de reflexionar sobre la casa como un lugar que no solo alberga, sino que también teje las relaciones sociales y culturales que definen el tejido de nuestras comunidades.
En este sentido, la obra se convierte en un espacio de resistencia y resiliencia, donde la fragilidad de los materiales no es sinónimo de debilidad, sino de una fortaleza que persiste frente a las adversidades y transformaciones sociales. Es un recordatorio de cómo, en muchos lugares, la casa no es solo un refugio físico, sino también un campo de lucha, un sitio de reinvención y de resistencia a las condiciones impuestas.
La instalación de Luna Acosta no solo es un comentario sobre la precariedad material, sino también una invitación a reflexionar sobre nuestras propias concepciones de lo que significa «sentirse en casa», especialmente en contextos de crisis, desplazamiento y transformación social. En este sentido, la residencia misma se convierte en un acto curatorial y artístico de redefinición, en el que la casa, lejos de ser un espacio estático, es un lugar de tránsito, de movimiento y de permanente reconstrucción.
Esta obra se convierte en un testimonio de la realidad de muchas comunidades latinoamericanas y ofrece, a la vez, una propuesta poética sobre la temporalidad, la vulnerabilidad y la resistencia que definen tanto a las viviendas como a las personas que las habitan.